Las razones por las cuales Rafael López Aliaga no representa a todos los que somos de derecha.­­ [[No todo el que se enfrenta a ...

Las razones por las cuales Rafael López Aliaga no representa a todos los que somos de derecha.­­

[[No todo el que se enfrenta a la izquierda está defendiendo la libertad.]]

Voy a decir algo que probablemente incomode a muchos dentro de mi propio sector político: Rafael López Aliaga nunca me ha representado y, mientras más protagonismo adquiere en la política peruana, más convencido estoy de que representa exactamente lo que la derecha no debería ser.

Lo digo como alguien que se considera de derecha liberal. Creo en el libre mercado, en la iniciativa privada, en la responsabilidad individual y en la necesidad de un Estado eficiente y limitado. Pero también creo en el respeto a las instituciones, en la democracia, en las libertades individuales y en la decencia como principios fundamentales de la vida pública. Sin esos pilares, la libertad económica se convierte simplemente en una consigna vacía.
Por eso me resulta imposible sentir simpatía por un personaje que ha convertido el insulto, la confrontación y el resentimiento en su principal forma de hacer política.

Durante años he escuchado a personas de izquierda afirmar que toda la derecha es autoritaria, intolerante y enemiga de la democracia, pero en realidad ellos historicamente han sido así. Siempre rechacé ese discurso que la izquierda difunde sobre la derecha porque sé que no es cierto. Conozco personas de derecha honestas, democráticas, respetuosas y profundamente comprometidas con las libertades individuales. Precisamente por eso me resulta tan frustrante que uno de los rostros más visibles de nuestro sector sea Rafael López Aliaga.

Mi problema con él no son sus propuestas económicas ni sus posiciones conservadoras. En una democracia cada ciudadano tiene derecho a defender las ideas que considere correctas. Mi problema es su comportamiento, su forma de relacionarse con quienes piensan distinto y la cultura política que ha contribuido a normalizar.

López Aliaga parece incapaz de convivir con la discrepancia. Quien no está con él pasa rápidamente a ser un enemigo. Si cuestionas alguna de sus posiciones, corres el riesgo de ser etiquetado como "caviar", "rojo", "progresista" o parte de alguna supuesta conspiración. No hay espacio para los matices ni para el debate racional. Todo se reduce a una lógica binaria donde solo existen aliados y adversarios.

Lo más contradictorio es que suele presentarse como un hombre profundamente religioso. Habla constantemente de Dios, de la fe y de los valores cristianos. No pretendo juzgar las creencias de nadie, porque la fe pertenece al ámbito personal. Sin embargo, cuando alguien convierte la religión en una parte central de su identidad política, resulta legítimo preguntarse si sus actos están a la altura de los principios que proclama defender.

El propio Evangelio ofrece un criterio sencillo para evaluar la coherencia entre discurso y conducta: Por sus frutos los conoceréis (Mateo 7:16). Y cuando observo la trayectoria pública de López Aliaga, me resulta difícil reconciliar ese discurso religioso con la agresividad verbal, los constantes ataques personales y la intolerancia que tantas veces han caracterizado sus intervenciones públicas.

Mis dudas sobre él no nacieron durante la campaña presidencial de 2026, pero aquella contienda terminó por confirmarlas. Una vez más vimos a un candidato que recurrió al insulto contra adversarios políticos, cuestionó a las autoridades electorales cuando los resultados no le favorecieron y volvió a denunciar un supuesto fraude sin presentar pruebas concluyentes que respaldaran semejante acusación. No era algo nuevo. Ya había ocurrido tras las elecciones de 2021 y volvió a repetirse cuando los resultados no coincidieron con sus expectativas políticas.

Lo preocupante no es únicamente la denuncia en sí, sino la visión de la democracia que parece existir detrás de ella. Un demócrata puede denunciar irregularidades cuando existen pruebas sólidas. Lo que no puede hacer es convertir cada derrota en una conspiración y cada resultado adverso en una excusa para desacreditar las instituciones. La democracia exige algo más que participar en elecciones; exige también aceptar los resultados cuando estos no nos favorecen.

Por eso considero que el principal problema de Rafael López Aliaga no son sus ideas económicas ni su conservadurismo. El problema es su temperamento político. Dice combatir a la izquierda radical, pero con demasiada frecuencia termina reproduciendo algunos de sus mismos vicios. La izquierda más sectaria divide a la sociedad entre buenos y malos. López Aliaga hace algo parecido cuando reduce el debate político a una lucha entre patriotas y enemigos. La izquierda más intolerante suele descalificar a quien discrepa. López Aliaga recurre muchas veces a la misma lógica. La izquierda populista desconfía de las instituciones cuando estas no le dan la razón. López Aliaga parece actuar de forma similar cuando cuestiona los resultados que no le resultan favorables.

Mario Vargas Llosa, uno de los intelectuales liberales más importantes de Hispanoamérica, advirtió durante décadas sobre los peligros del populismo, sin importar si provenía de la izquierda o de la derecha. Tenía razón cuando afirmaba que el populismo es la enfermedad de la democracia, porque reemplaza las instituciones por el caudillo, la razón por la emoción y el debate por la confrontación permanente. Esa es precisamente la deriva que me preocupa cuando observo el liderazgo de López Aliaga.

Tampoco ayuda el tipo de personajes que ha decidido incorporar a su entorno político. Con demasiada frecuencia ha terminado rodeándose de figuras asociadas al populismo de derecha, al oportunismo político y a una visión mercantilista del poder que poco tiene que ver con los principios liberales. Quienes creemos en la economía de mercado deberíamos ser los primeros en rechazar los privilegios, el amiguismo y la utilización del Estado para favorecer intereses particulares.

Frédéric Bastiat lo resumió de manera magistral hace más de un siglo cuando escribió: Cuando el saqueo se convierte en un modo de vida para un grupo de hombres, estos crean para sí mismos un sistema legal que lo autoriza y un código moral que lo glorifica. La frase sigue teniendo vigencia porque describe con precisión el peligro de confundir la defensa de la empresa privada con la defensa de grupos privilegiados que buscan capturar el poder político para su propio beneficio.

La derecha peruana no puede seguir confundiendo ambas cosas. Tampoco puede seguir justificando comportamientos autoritarios únicamente porque provienen de alguien que se presenta como un adversario de la izquierda. Si hacemos eso, terminaremos destruyendo nuestra propia autoridad moral y validando exactamente los mismos comportamientos que criticamos cuando provienen del otro extremo político.

No escribo estas líneas porque me haya vuelto de izquierda, las escribo precisamente porque sigo siendo de derecha.

Creo que nuestro sector político merece algo mejor que el espectáculo permanente de la confrontación, los insultos y las teorías conspirativas. Creo que la defensa de la libertad exige responsabilidad, respeto por las instituciones y capacidad para convivir con quienes piensan distinto. Y creo que mientras sigamos justificando lo injustificable por miedo al adversario político, seguiremos debilitando las mismas ideas que decimos defender.

Rafael López Aliaga podrá representar a una parte de la derecha peruana. Está en su derecho. Pero no me representa a mí. Y estoy convencido de que tampoco representa la mejor versión de la derecha que el Perú necesita construir para el futuro.

Si quienes creemos en la libertad queremos recuperar credibilidad ante los ciudadanos, debemos empezar por hacer una autocrítica sincera. Debemos rechazar el culto al caudillo, la política del insulto y la tentación populista que tanto daño ha causado al país durante décadas. El Perú necesita líderes capaces de debatir sin odiar, de competir sin victimizarse y de perder sin intentar destruir la confianza en las instituciones.

Necesita estadistas. No caudillos. Y mucho menos hombres que, mientras afirman defender la libertad, terminan debilitando los principios que la hacen posible.
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Autor Sr. Josue

De Bolivia a Argentina y Chile, la protesta anticipada se ha convertido en una herramienta política utilizada para condicionar gobiernos ant...

De Bolivia a Argentina y Chile, la protesta anticipada se ha convertido en una herramienta política utilizada para condicionar gobiernos antes de que puedan demostrar resultados.

[[La batalla por el poder no termina en las urnas.]]

Hay un fenómeno que se repite con inquietante frecuencia en América Latina y que debería preocupar a cualquiera que valore la democracia. Cada vez que un candidato de derecha gana una elección presidencial, o incluso desde que logra pasar a una segunda vuelta, comienzan a aparecer protestas, bloqueos y movilizaciones impulsadas por diversos gremios, sindicatos y organizaciones sociales.

Lo más llamativo es que muchas de estas manifestaciones surgen antes de que el nuevo gobierno haya implementado una sola medida relevante. No se protesta contra resultados concretos, sino contra la sola existencia de un gobierno que no comparte determinadas posiciones ideológicas. Esto revela que para ciertos sectores, la democracia parece ser válida únicamente cuando ganan los suyos.

A mi juicio, la explicación de este fenómeno es bastante clara. Durante décadas, la izquierda comprendió la importancia de conquistar espacios de influencia dentro de sindicatos, gremios estudiantiles, organizaciones sociales y colectivos ciudadanos. Mientras otros sectores descuidaban esos espacios, ella los ocupó pacientemente, construyendo redes de militancia y formando cuadros políticos.

Eso no significa que todas las demandas de estos grupos sean ilegítimas. Muchas nacieron de problemas reales y necesidades concretas. Sin embargo, lo que sí ocurrió en numerosos casos fue una apropiación política de esas causas. La izquierda logró presentarse como la única representante de determinadas luchas sociales y, con el tiempo, convirtió muchas de esas organizaciones en extensiones de su proyecto ideológico.

Por eso, cuando un gobierno de derecha llega al poder, gran parte de estas estructuras se activan casi de manera automática. No esperan resultados ni evalúan medidas concretas. La confrontación comienza desde el primer día porque el objetivo ya no es únicamente defender una reivindicación social, sino disputar el poder político.

No es casualidad. Como escribió el intelectual italiano Antonio Gramsci, uno de los principales referentes del marxismo occidental, la batalla por el poder también se libra en las instituciones culturales y sociales. La izquierda entendió esa lección hace mucho tiempo y la aplicó con notable eficacia.

Un ejemplo reciente puede verse en Bolivia. Desde las primeras semanas del gobierno de Rodrigo Paz surgieron protestas y movilizaciones contra diversas reformas impulsadas por su administración. Más allá de las opiniones que cada uno tenga sobre esas medidas, resulta difícil ignorar la situación económica heredada tras dos décadas de predominio político del Movimiento al Socialismo.

Los problemas fiscales, el agotamiento de reservas internacionales, la escasez de divisas y los desequilibrios acumulados no aparecieron de la noche a la mañana. Son el resultado de años de un modelo económico que dependió en gran medida de ingresos extraordinarios provenientes de las materias primas y de un fuerte gasto estatal.

El problema es que muchos ciudadanos fueron acostumbrados a creer que los subsidios, bonos y ayudas permanentes podían sostenerse indefinidamente. Sin embargo, cuando los recursos comienzan a agotarse, la realidad termina imponiéndose. Ningún país puede gastar eternamente más de lo que produce.

Las reformas económicas suelen ser dolorosas precisamente porque buscan corregir errores acumulados durante años. Exigen austeridad, disciplina fiscal y sacrificios temporales para recuperar la estabilidad. Pero quienes se beneficiaron del modelo anterior rara vez están dispuestos a aceptar esos costos. Entonces aparecen las protestas, los bloqueos y las campañas de desgaste político.

Lo paradójico es que muchos responsabilizan inmediatamente al nuevo gobierno por problemas que llevan años gestándose. Se exige una solución instantánea para crisis que tardaron décadas en construirse.

Algo similar ocurrió con Javier Milei en Argentina. Recibió un país golpeado por una inflación descontrolada, un déficit fiscal crónico y una economía profundamente distorsionada. Sin embargo, desde el primer día enfrentó una resistencia feroz de sectores sindicales y políticos que durante años guardaron un silencio mucho más cómodo frente a gobiernos ideológicamente afines.

Lo preocupante no es la protesta en sí. En una democracia, protestar es un derecho legítimo. Lo preocupante es cuando la protesta deriva en violencia, destrucción de infraestructura pública, agresiones a las fuerzas del orden o ataques contra quienes piensan diferente.

Existe además un discurso cada vez más extendido según el cual cualquier gobierno de derecha representa automáticamente una amenaza para las libertades y los derechos ciudadanos. Ese relato busca generar miedo antes de que existan hechos concretos que lo respalden.

La estrategia es efectiva porque apela principalmente a las emociones. Y las emociones son una herramienta política poderosa. Sin embargo, cuando el debate público se construye únicamente sobre sentimientos y no sobre hechos, datos o argumentos racionales, la discusión democrática se degrada.

El economista Thomas Sowell escribió una frase que resume muy bien este problema: “La primera lección de la economía es la escasez; la primera lección de la política es ignorar la primera lección de la economía”. Muchas veces los discursos más populares son precisamente aquellos que prometen beneficios ilimitados sin explicar quién pagará la cuenta.

El caso de Chile bajo la presidencia de José Antonio Kast también refleja una dinámica similar. Desde sus primeras semanas de gobierno aparecieron movilizaciones y manifestaciones organizadas contra su administración.

Lo que llama la atención es la diferencia de intensidad con respecto a otros gobiernos ideológicamente cercanos a esos mismos grupos. Durante la administración de Gabriel Boric existieron problemas de seguridad, tensiones económicas y conflictos políticos que también pudieron haber motivado grandes movilizaciones. Sin embargo, la presión callejera no alcanzó niveles comparables.

Esa diferencia alimenta la percepción de que para ciertos sectores la protesta no responde exclusivamente a problemas sociales, sino también a afinidades ideológicas. Cuando gobiernan los propios, se relativizan los errores. Cuando gobiernan los adversarios, cualquier medida se convierte en motivo de confrontación.

Por eso veo con preocupación una tendencia que parece extenderse por toda la región. Cada vez más, algunos actores políticos recurren a la presión callejera permanente como mecanismo para condicionar o desgastar a gobiernos elegidos democráticamente. La violencia deja de ser un instrumento revolucionario tradicional y se transforma en una herramienta de sabotaje político presentada bajo la apariencia de protesta social.

Estoy convencido de que muchas de las protestas que surgen inmediatamente después de la llegada de un gobierno de derecha no responden únicamente a un descontento espontáneo, sino también a una estrategia de confrontación impulsada por sectores que no aceptan con naturalidad los resultados electorales cuando estos les son adversos.

La democracia no consiste únicamente en votar. También implica respetar el resultado de las urnas, permitir que los gobiernos ejerzan el mandato que recibieron y juzgarlos por sus resultados, no por prejuicios ideológicos.

Por eso mi llamado es simple: no se deje engañar por discursos que buscan reemplazar el análisis racional por la emoción permanente. Los problemas de nuestros países son reales y merecen soluciones serias. Pero la violencia, el sabotaje y la desestabilización nunca serán el camino.

Si queremos sociedades más libres, más prósperas y más democráticas, debemos defender el debate abierto, el respeto a la ley y la convivencia pacífica. La libertad solo puede florecer allí donde las ideas compiten con argumentos y no donde se intenta imponer una verdad a través del miedo o de la fuerza.
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Autor Sr. Josue

Una reflexión sobre el sufrimiento silencioso de los padres cuyos hijos terminaron abrazando la violencia política durante los años más oscu...

Una reflexión sobre el sufrimiento silencioso de los padres cuyos hijos terminaron abrazando la violencia política durante los años más oscuros del Perú.

[[Hay derrotas que no ocurren en los campos de batalla, sino en el corazón de una madre y de un padre.]]

¿Qué siente un padre cuando ve a su hijo esposado, acusado de terrorismo y señalado por toda la sociedad como un criminal? ¿Se aferra a la esperanza de su inocencia o, en el fondo, sabe que las acusaciones son ciertas y simplemente se niega a aceptarlo? Es una pregunta incómoda, pero inevitable cuando se piensa en los años más oscuros de la violencia política en el Perú.

Durante las décadas de 1980 y 1990, miles de jóvenes fueron captados por organizaciones subversivas que prometían cambiar el país mediante la violencia. Muchos provenían de sectores golpeados por la pobreza, el abandono estatal y la falta de oportunidades. Otros llegaron desde espacios universitarios donde determinadas ideas revolucionarias ejercían una fuerte influencia. Las historias eran distintas, pero el resultado solía ser el mismo. Jóvenes convencidos de que participaban en una causa histórica terminaron formando parte de organizaciones responsables de asesinatos, atentados y una de las etapas más trágicas de nuestra historia reciente.

Es fácil juzgarlos desde la distancia. Después de todo, muchos de ellos terminaron participando en actos que causaron sufrimiento a miles de inocentes. Sin embargo, detrás de cada uno había una historia personal. Había frustraciones, carencias, resentimientos y también una búsqueda de propósito. Los líderes de estas organizaciones supieron aprovechar esas heridas y convertirlas en instrumentos de una causa política que prometía justicia, pero que terminó sembrando muerte.

Muchos de esos jóvenes murieron convencidos de que estaban luchando por un mundo mejor. Otros fueron capturados y condenados. Algunos descubrieron demasiado tarde que la revolución que les habían prometido no era más que una maquinaria de violencia disfrazada de idealismo.

Pero cuando se habla de aquellos años, casi siempre se piensa en los terroristas, en las víctimas o en las fuerzas del orden. Rara vez se habla de quienes tuvieron que cargar con una tragedia distinta. Los padres.

Imagino el dolor de una madre viendo el rostro de su hijo en la televisión después de una captura. Imagino la vergüenza, la confusión y la culpa. Imagino a un padre preguntándose en qué momento perdió a ese muchacho que alguna vez cargó en sus brazos. Porque para el resto de la sociedad aquel joven podía ser un terrorista. Para ellos seguía siendo su hijo.

Quizás algunos padres se negaron a creer la verdad. Quizás otros comprendieron perfectamente lo que había ocurrido, pero fueron incapaces de abandonar a quien habían amado toda la vida. El amor de un padre no desaparece cuando aparece una condena judicial. Tampoco desaparece cuando el hijo toma el camino equivocado. Por el contrario, muchas veces ese amor se convierte en una carga dolorosa que obliga a convivir con la decepción sin dejar de querer.

Por eso siento una profunda compasión por esos padres. No por los crímenes cometidos por sus hijos ni por las ideas que defendieron, sino por el sufrimiento silencioso que tuvieron que soportar. Fueron señalados por sus vecinos, observados con desconfianza y, en muchos casos, condenados socialmente por decisiones que nunca tomaron. Tuvieron que cargar con una vergüenza que no les pertenecía y enfrentar preguntas para las que no existía respuesta.

Lao Tse escribió alguna vez que amar a alguien profundamente nos da fuerza; ser amados profundamente nos da valor. Sin embargo, también existe una cara dolorosa del amor. La de seguir amando cuando la decepción parece insoportable. La de continuar siendo padre o madre cuando el mundo entero exige que renuncies a tu hijo.

No sé qué pensaron aquellos padres cuando vieron derrumbarse sus familias. No sé cuántos se culparon por errores reales o imaginarios. Tampoco sé cuántos se preguntaron si pudieron haber hecho algo diferente. Lo que sí sé es que su sufrimiento rara vez ocupa un lugar en nuestra memoria colectiva.

Tal vez porque resulta más sencillo hablar de héroes y villanos que de tragedias humanas. Sin embargo, la historia también está hecha de esas personas que quedaron atrapadas entre el amor y la vergüenza, entre la lealtad familiar y la condena social.

Recordarlos no significa justificar a quienes eligieron el camino de la violencia. Significa reconocer que detrás de cada joven captado por una organización criminal existió una familia que también sufrió las consecuencias. Y significa entender que si queremos evitar que algo parecido vuelva a ocurrir, no basta con combatir las ideologías extremistas. También debemos construir una sociedad capaz de ofrecer oportunidades, educación y sentido de pertenencia a quienes podrían convertirse en presa fácil de quienes prometen cambiar el mundo a través del odio y la violencia.
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Autor Sr. Josue

Los libros de Antauro Humala revelan una visión del Perú donde la identidad colectiva pesa más que la ciudadanía y la confrontación más que ...

Los libros de Antauro Humala revelan una visión del Perú donde la identidad colectiva pesa más que la ciudadanía y la confrontación más que el consenso.

[[Cuando el resentimiento se convierte en proyecto político]]


He leído a Antauro Humala y debo admitir que ha sido una de las experiencias más inquietantes que he tenido como lector. Si alguien me preguntara si recomiendo sus libros, probablemente respondería que sí, aunque con una advertencia previa, pues quien decida abrir uno de sus textos debe estar preparado para encontrarse con una visión del país profundamente confrontacional, cargada de resentimiento y marcada por una desconfianza permanente hacia los principios fundamentales de una sociedad libre. Lo inquietante, sin embargo, no radica en la complejidad de sus planteamientos ni en la dificultad de su lectura, sino precisamente en lo contrario.


De hecho, sus libros son fáciles de leer. Su lenguaje es directo, accesible y, por momentos, incluso persuasivo, lo que explica en parte su capacidad para conectar con determinados sectores de la población. Sin embargo, mientras avanzaba en sus páginas, no podía evitar una sensación de inquietud. No estaba descubriendo algo completamente nuevo, pero sí reencontrándome con ideas que la historia ya ha conocido demasiadas veces y cuyos resultados rara vez han sido positivos. Son ideas que suelen presentarse como proyectos de reivindicación nacional, de justicia histórica o de restauración de una supuesta grandeza perdida, pero que terminan erosionando la convivencia democrática y alimentando nuevas formas de división


Por momentos tuve la impresión de que no estaba leyendo una propuesta para resolver los problemas del Perú, sino una doctrina construida alrededor del resentimiento. Una doctrina que encuentra en el conflicto una fuente permanente de movilización política y que parece más interesada en señalar culpables que en construir consensos. Esa impresión fue haciéndose más fuerte a medida que avanzaba en la lectura y, al final, terminó convirtiéndose en la principal conclusión que extraje de sus escritos.


Lo primero que llama la atención es la manera en que el etnocacerismo interpreta la realidad peruana. El país aparece constantemente dividido entre grupos enfrentados, entre quienes representarían la esencia auténtica de la nación y quienes serían responsables de su decadencia. La complejidad de nuestra historia desaparece para dar paso a una narrativa donde los problemas tienen culpables claramente identificados y donde las soluciones parecen depender más de la confrontación que del diálogo. Como ocurre con muchas ideologías radicales, la realidad es simplificada hasta encajar dentro de un relato donde los buenos y los malos están perfectamente definidos.


Dentro de esa visión existe una idea que aparece de manera recurrente y que constituye el eje central de su propuesta política. Me refiero a la noción de una supuesta "raza cobriza" llamada a conducir los destinos del país. A primera vista, algunos podrían interpretar esta idea como una reivindicación legítima de sectores históricamente marginados. Sin embargo, una lectura más detenida permite observar que el planteamiento va mucho más allá de una simple reivindicación cultural. Lo que se propone, en el fondo, es convertir la identidad étnica en un criterio político.


Y es precisamente ahí donde, desde una perspectiva liberal, aparece el principal problema. Toda nación tiene derecho a valorar su historia, reconocer a sus héroes y sentirse orgullosa de sus raíces. Nadie debería cuestionar eso. Sin embargo, una cosa es reivindicar una herencia cultural y otra muy distinta convertir el origen étnico en un factor que otorgue mayor legitimidad política a unos ciudadanos sobre otros. Cuando la política deja de girar alrededor de individuos iguales ante la ley y comienza a organizarse alrededor de categorías raciales o identitarias, la igualdad deja de ser un principio universal para convertirse en un privilegio condicionado por la pertenencia a un determinado grupo.


Ese es precisamente uno de los fundamentos esenciales del liberalismo político. La idea de que todos los ciudadanos poseen exactamente los mismos derechos y la misma dignidad, independientemente de su origen, su apellido, el color de su piel o sus creencias. El Estado no debería reconocer ciudadanos superiores e inferiores, ni tampoco identidades más legítimas que otras. Por ello, el problema del etnocacerismo no radica únicamente en su nacionalismo, sino en la manera en que coloca la identidad colectiva por encima de la ciudadanía individual.


La historia ofrece suficientes advertencias sobre este tipo de planteamientos. A lo largo del siglo XX surgieron numerosos movimientos políticos que prometían restaurar una grandeza perdida, reparar injusticias históricas y devolver el poder a quienes consideraban los auténticos representantes de la nación. Todos afirmaban actuar en nombre del pueblo y casi todos construyeron su discurso alrededor de una identidad colectiva considerada superior o más legítima que las demás. Aunque las circunstancias históricas cambian y los contextos son diferentes, existen patrones que se repiten con inquietante frecuencia.


Es precisamente aquí donde muchos lectores encontrarán incómoda la comparación que voy a plantear. Cada vez que alguien menciona al nazismo en una discusión política, las alarmas suelen encenderse de inmediato. Por eso conviene aclarar algo desde el principio. No estoy diciendo que el etnocacerismo y el nazismo sean lo mismo. Los contextos históricos son distintos, los objetivos políticos no son idénticos y las consecuencias históricas tampoco pueden compararse mecánicamente. Sin embargo, sí considero válido analizar ciertas similitudes en la lógica que estructura ambas doctrinas.


El problema fundamental del nazismo no fue únicamente su obsesión con la raza aria. Su problema más profundo consistía en haber convertido la identidad en el criterio principal para organizar la sociedad. El individuo dejó de ocupar el centro de la vida política y pasó a ser definido por su pertenencia a una colectividad determinada. Lo importante ya no era la persona, sino el grupo al que pertenecía. Salvando todas las diferencias históricas evidentes, encuentro una lógica parecida en el etnocacerismo cuando sitúa a la denominada "raza cobriza" en el corazón de su proyecto político. Cambian los protagonistas, cambian los símbolos y cambia el relato histórico, pero permanece la tentación de clasificar a los ciudadanos según su origen antes que reconocerlos como individuos libres e iguales ante la ley.


Y es precisamente ahí donde comienzan mis mayores preocupaciones. La historia demuestra que las ideologías identitarias rara vez permanecen limitadas al terreno simbólico. Tarde o temprano terminan planteando quién pertenece realmente a la nación, quién tiene derecho a representarla y quién debe ser considerado un obstáculo para alcanzar el supuesto destino colectivo. Cuando la política se construye sobre esas bases, el riesgo de exclusión deja de ser una posibilidad teórica para convertirse en una consecuencia bastante probable.


Quizás la mayor contradicción del etnocacerismo sea que intenta dividir racialmente a una sociedad que jamás fue racialmente homogénea. El Perú es el resultado de siglos de mestizaje. Indígenas, españoles, africanos, italianos, chinos, japoneses y muchas otras comunidades contribuyeron a construir el país que conocemos hoy. Nuestra historia no es la historia de una sola identidad, sino la historia de múltiples identidades que, entre conflictos y encuentros, terminaron formando una nación.


Por eso resulta difícil tomar en serio cualquier intento de reducir el Perú a una categoría racial. La propia vida de Antauro refleja esa realidad. Como ocurre con millones de peruanos, su historia familiar está atravesada por distintas herencias culturales, incluyendo raíces europeas por línea materna. Además, resulta llamativo que buena parte de su discurso político esté construido alrededor de una fuerte crítica hacia determinados sectores sociales y étnicos, mientras que su propia vida personal demuestra hasta qué punto esas fronteras son artificiales. Más allá de las contradicciones individuales, lo importante es entender que el Perú real no se parece al Perú que imagina el etnocacerismo. Es un país mestizo, diverso y complejo, imposible de reducir a una sola identidad o a una única categoría racial. Nuestra riqueza precisamente radica en esa diversidad. El Perú no es una raza; el Perú es una nación.


Otro aspecto que me produjo especial preocupación fue la forma en que estos textos entienden el poder político. Conforme avanzaba en la lectura, percibía una constante desconfianza hacia las instituciones republicanas. El Congreso, los partidos políticos, los mecanismos de representación democrática y los contrapesos del poder aparecen frecuentemente como obstáculos para la transformación nacional. En su lugar surge la figura de una autoridad fuerte, decidida y capaz de imponer disciplina para conducir al país hacia su supuesto destino histórico.


Esa idea puede resultar atractiva en una sociedad cansada de la corrupción, de la inseguridad y de la ineficiencia estatal. Después de todo, cuando las instituciones decepcionan, siempre aparece la tentación de buscar salvadores. Sin embargo, la historia también enseña algo importante. Los mayores enemigos de la libertad rara vez llegaron anunciándose como enemigos de la libertad. Casi siempre aparecieron prometiendo orden, eficacia, grandeza nacional y soluciones rápidas para problemas complejos. El problema es que las soluciones rápidas suelen tener costos enormes cuando implican debilitar las instituciones que protegen a los ciudadanos frente al abuso del poder.


Las democracias liberales fueron construidas precisamente sobre una idea sencilla. Ninguna persona debería concentrar demasiado poder, por más buenas intenciones que afirme tener. Las instituciones existen porque los seres humanos son falibles y porque incluso los líderes más populares pueden cometer errores o dejarse arrastrar por sus propias ambiciones. Cuando una ideología comienza a ver las instituciones como un problema y no como una garantía, la libertad empieza a correr peligro.


Por eso me preocupa que en el etnocacerismo la fuerza aparezca con frecuencia como una herramienta legítima para transformar la sociedad. Cuando la política empieza a admirar más la disciplina que la libertad, más la obediencia que el debate y más la fuerza que la persuasión, el camino hacia el autoritarismo deja de parecer una posibilidad remota. Lo verdaderamente inquietante es que estas ideas no suelen presentarse como peligrosas. Llegan envueltas en discursos patrióticos, promesas de reivindicación nacional y denuncias contra problemas que muchas veces son reales. Y precisamente por eso logran atraer seguidores, porque ofrecen algo que siempre resulta seductor en tiempos de frustración: un culpable claro para cada problema y una solución aparentemente sencilla para cada crisis.


Al terminar de leer a Antauro Humala me quedó una sensación difícil de ignorar. La sensación de haber leído no una propuesta para construir un Perú más libre, más democrático o más próspero, sino un proyecto político que encuentra en la división, el resentimiento y la concentración del poder sus principales herramientas. Reconozco que leerlo tiene una utilidad, pues permite comprender mejor las bases ideológicas del etnocacerismo y entender por qué sus planteamientos generan tanta controversia dentro de la sociedad peruana. Sin embargo, también sirve como advertencia, porque las ideas más peligrosas rara vez se presentan como peligrosas. Suelen hacerlo bajo la apariencia de patriotismo, justicia histórica o reivindicación nacional.


Por eso considero que vale la pena leerlo, incluso si la experiencia resulta incómoda. No para encontrar respuestas ni para descubrir una solución a los problemas del país, sino para reconocer a tiempo los riesgos que aparecen cuando la identidad se coloca por encima de la ciudadanía, cuando la fuerza se coloca por encima de las instituciones y cuando el resentimiento termina ocupando el lugar que debería ocupar la libertad. La historia ha demostrado una y otra vez que los proyectos políticos construidos sobre esas bases dejan más heridas que soluciones. Y precisamente por eso, leer a Antauro Humala no debería ser un ejercicio de adhesión, sino una advertencia sobre los peligros que surgen cuando una sociedad comienza a confundir el patriotismo con la exclusión y la autoridad con la libertad.


Libro Recomendado: https://goo.su/U4ESn
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Autor Sr. Josue

Miles de jóvenes creen desafiar al sistema mientras repiten exactamente lo que influencers y algoritmos quieren escuchar. [[Una generación c...

Miles de jóvenes creen desafiar al sistema mientras repiten exactamente lo que influencers y algoritmos quieren escuchar.

[[Una generación criada entre dopamina instantánea, propaganda emocional e influencers políticos cree entender el mundo sin haberlo estudiad.]]

Vivimos en una época extraña, nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, sin embargo, da la impresión de que cada vez entendemos menos el mundo que nos rodea. Hoy cualquier persona puede acceder en segundos a bibliotecas enteras, estudios académicos, documentos históricos y fuentes de información que hace apenas unas décadas estaban reservadas para especialistas. Aun así, gran parte del debate público se ha reducido a videos de treinta segundos, titulares llamativos y opiniones diseñadas para provocar reacciones inmediatas.


Las redes sociales se han convertido en la principal fuente de información para millones de jóvenes. Plataformas como TikTok, Instagram o X ya no son simples espacios de entretenimiento. Son lugares donde se forman opiniones políticas, se construyen identidades y se interpretan acontecimientos complejos. El problema es que estas plataformas no fueron diseñadas para fomentar la reflexión. Fueron diseñadas para captar atención. Su éxito depende de mantener al usuario conectado el mayor tiempo posible y, para lograrlo, privilegian lo emocional sobre lo racional, lo viral sobre lo verdadero y lo inmediato sobre lo importante.


Por eso hoy vemos cómo personajes con grandes habilidades para comunicar logran acumular una influencia enorme sobre miles de personas. No necesariamente porque tengan más conocimientos, sino porque entienden mejor las reglas del espectáculo digital. Una buena edición, música cuidadosamente elegida y un discurso cargado de seguridad pueden resultar mucho más persuasivos que un argumento sólido o una investigación rigurosa. En las redes sociales, la apariencia de autoridad suele importar más que la autoridad misma.


Lo más preocupante es observar cómo parte de mi generación ha terminado confundiendo información con conocimiento. Muchos jóvenes consumen horas de contenido político, económico o social cada semana y creen que eso equivale a estudiar esos temas. Pero escuchar opiniones no es lo mismo que investigar. Ver resúmenes no es lo mismo que leer. Compartir videos no es lo mismo que comprender una realidad compleja.


Esa confusión ha producido una generación que opina sobre todo y profundiza en muy poco. Jóvenes que discuten sobre economía sin haber abierto un libro de economía. Que hablan de política sin conocer la historia de su propio país. Que defienden posiciones tajantes sobre asuntos complejos después de haber consumido unas cuantas horas de contenido en redes sociales. Lo hacen con una seguridad sorprendente, como si la convicción fuera una prueba de conocimiento.


No se trata de exigir que todos se conviertan en académicos o especialistas. Se trata de algo mucho más básico y razonable. Se trata de recuperar el hábito de cuestionar lo que vemos, contrastar fuentes y aceptar que los problemas importantes rara vez tienen respuestas simples. Sin embargo, cada vez parece más común encontrar personas que forman convicciones inquebrantables después de consumir unos cuantos videos seleccionados por un algoritmo que solo busca mantenerlos conectados.


Lo preocupante no es la ignorancia. La ignorancia ha acompañado a todas las generaciones. Lo verdaderamente peligroso es la falsa sensación de conocimiento. Es una ignorancia soberbia que no duda, que no pregunta y que no siente la necesidad de aprender porque está convencida de poseer todas las respuestas. Una ignorancia que se alimenta de la validación constante de las redes sociales y que encuentra en los aplausos digitales una confirmación engañosa de su propia superioridad intelectual.


Mientras tanto, quienes buscan influir en la opinión pública observan con satisfacción. Nunca había sido tan sencillo llegar a millones de personas sin necesidad de construir argumentos sólidos. Basta con dominar los códigos de la viralidad, apelar a las emociones correctas y repetir una narrativa hasta que parezca una verdad evidente. En un entorno donde la velocidad importa más que la precisión, la mentira suele tener ventaja sobre los hechos.


Esta situación ha creado el escenario perfecto para nuevas formas de manipulación. A lo largo de la historia, quienes han buscado acumular poder han intentado controlar la información. Antes era necesario censurar periódicos, controlar emisoras de radio o perseguir voces incómodas. Hoy existen métodos mucho más sofisticados. Basta con influir en los algoritmos, inundar las plataformas con contenido emocional y aprovechar los prejuicios de usuarios que reaccionan antes de verificar.


El nuevo autoritarismo no siempre llega vestido de militar ni acompañado de discursos grandilocuentes. A veces aparece disfrazado de entretenimiento. Habla el lenguaje de las redes sociales, entiende cómo funciona la viralidad y sabe que una mentira repetida miles de veces puede resultar más eficaz que una verdad compleja. Su principal herramienta ya no es el miedo, sino la atención.


Por eso me resulta difícil compartir el optimismo ingenuo de quienes creen que la tecnología, por sí sola, hará a las sociedades más libres o más inteligentes. La tecnología amplifica capacidades, pero no reemplaza el pensamiento crítico. Una sociedad que deja de leer, que abandona el análisis y que sustituye la reflexión por estímulos constantes se vuelve mucho más vulnerable a la manipulación, sin importar cuántas herramientas tenga a su disposición.


Tal vez el mayor problema de nuestra época no sea la falta de información. Tal vez sea nuestra creciente incapacidad para distinguir entre información y propaganda, entre conocimiento y entretenimiento, entre una opinión fundamentada y un contenido diseñado únicamente para obtener clics. Y si mi generación no logra recuperar esa capacidad, no perderá solamente el hábito de leer. Perderá algo mucho más importante. La autonomía intelectual necesaria para reconocer cuándo está pensando por sí misma y cuándo alguien más está pensando por ella.

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Autor Sr. Josue

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